Las olas pueden esperarme tranquilas

No, si tuviera un último gesto para darte probablemente callaría. Quizás para ese entonces ya haya entendido que me muerdes con distancia. Una distancia inquebrantable. Porque jamás dejarás que haga pedazos tu miedo con mi corazón infame. Porque un mar de recuerdos punzantes te acaricia la frente y vas a cuidarte de mí cerrando las manos.

Y yo pudiera escribirte las manos en mi pecho. Pero no, porque para ese entonces ya no te contaré cuentos mientras duermes. Oleré a lágrimas que nunca brotaron, en el contorno de la ventana, niña de los ojos de nadie.

Y aunque pudiera llorar, prefiero parir el desencanto eterno que me da verte masacrando mis ganas de decir que no. Mi pobreza anclada a tus labios, mi amor cosido con hilos rascas, vagando en calles húmedas. Con tierra en los ojos de no querer sonreírte.

Si tuviera un último gesto para darte me llevaría las manos a la cara, con un silencio que te grite por siempre que nada, que no, no fuimos nada, no somos nada.

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