Abril 22. Laberintos negros

Siembra, siembra en el mar la calma, la calma aparente que me da tu sonrisa helada. Adioses, botellas, corazones abiertos de mil estocadas profundas. Hunde tu dedo en mis ojos, dime que me amas y luego crucificame para disolver tus pecados. Locura ardiente, hoguera de todos los sueños, laberintos enormes plagados de hormigas… se llevan el dulzor de mi sangre y de tu sangre.

Dónde está mi pequeña polilla. Barriste el polvo de mis insanias… ahora te comes mis hojas, mis manos, mi lengua tatuada de islas y besos.

Mala aprendiz, oscura, niña enfermiza, paso mi lápiz de un lado a otro, como queriendo dibujar el mapa que me salve de este destierro. Desentierrame… solo espero que vengas a tomar mi mano, como ayer… como hace un rato. Solo espero palabras que cierren el hocico de mis heridas, puntadas con hilos de colores, manillas que abran puertas a nuevos paraísos.

La torre más alta me ha quedado muy alta, ya no puedes alcanzar mis dedos. Planetas envueltos en escarcha, voy en un sicótico tren en marcha veloz hacia una pared blanca. Mancharla, empaparla de sangre cuando ya no aguante, reventar de visceras consumidas por malas noches. Ahí, ahí, fuerte resonar de golpes, nudillos, ojos, amores dolidos.

Me estás haciendo abortar la fantasía de las niñas perdidas…

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